Ayer, en el camino hacia el Mediterráneo a pasar unos días de descanso (que buena falta hacen, dicho sea de paso), no pude resistirme a parar en Buñol para visitar La Librería de Doña Leo, de Máximo Huerta.
Así que el comentario de esta semana tenía que ser para este libro, en el que el autor cuenta como surgió la idea de montar la librería y como fue el proceso.
Pero, además, es también un elogio a la lectura y su poder terapéutico. Me he dado cuenta de que tengo mucho en común con ese niño que devoraba libros de la biblioteca de su pueblo (en mi caso el refugio era la del colegio) y con ellos ensanchaba horizontes.
Es un libro que se lee en un ratito de relax, pero que encierra mucha filosofía y que estoy segura de que volveré a leer más despacio.
Ha sido todo un placer pasar por la librería y poder conocer al autor.
En un fascinante viaje en el tiempo, Máximo Huerta regresa a Buñol para cuidar a su madre y los recuerdos se amontonan: las tardes de rotuladores y chocolate, los vecinos, los días de lluvia y el abrigo de las primeras lecturas. "Sin leer estaría muerto", reconoce el autor.
Mi pequeña librería es un homenaje a los grandes personajes y las buenas historias, esas que nos contagiaron el amor por los libros y descubrieron territorios infinitos; aquellas que, como este libro, se quedarán para siempre en nuestro corazón.
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