Esta semana debería haber comentado el libro del club de lectura que hemos leído este mes y del que hablaremos mañana, pero la actualidad manda. Acabo de volver de una escapada exprés a Milán y buscando algún libro ambientado en la ciudad encontré este de Javier Sierra, que me pareció de lo más adecuado, ya que en el último momento tuve la suerte de conseguir entradas para ir a ver La última cena (algo que no es muy sencillo, por cierto).
El libro nos sitúa en el momento de la creación de esta pintura por Leonardo da Vinci y, a través de la figura de un inquisidor que intenta descubrir los mensajes ocultos y heréticos que el pintor quiere dejar en él, nos hace una descripción minuciosa del mismo.
Independientemente de que todo lo relacionado con la religión, los cátaros o los mensajes ocultos que el pintor quisiera transmitir pueda ser o no creíble, parece muy documentado, como todo lo que escribe este autor. Son teorías acerca de las cuales cada uno puede tener su opinión, pero ahí están.
Lo que no cabe duda es que el haberlo leído justo antes de ver la pintura original me ha hecho contemplarla fijándome en muchos detalles que, de otro modo, me habrían pasado desapercibidos.
La elección de la lectura ha quedado totalmente justificada.
Sinopsis
La trama se desarrolla durante la creación de la obra la Última Cena, encargo de Ludovico el Moro al artista Leonardo da Vinci como parte de la ampliación y decoración del refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Gracia, en Milán, Italia, entre 1495 y 1497.
Agustín Leyre, inquisidor domininco experto en la interpretación de mensajes cifrados, es enviado a toda prisa a Milán para supervisar los trazos finales que el maestro Leonardo da Vinci está dando a la Última Cena, debido a una serie de cartas anónimas recibidas en la corte papal de Alejandro VI, en las que se denuncia que Da Vinci no sólo ha pintado a los Doce sin su preceptivo halo de dantidad, sino que el propio artista se ha retratado en la sagrada escena, dando la espalda a Jesucristo.
En la novela se expone que la Última Cena de Leonardo da Vinci contiene una serie de anomalías para el punto de vista de los católicos ortodoxos de la época: no muestra el Santo Grial, ni a Cristo instaurando el Sacramento de la Eucaristía, sino que hace un gesto con las manos parecido a una imposición, idéntico al único sacramento que ejercitaban los cátaros durante sus ceremonias, el Consolamentum. También expone la posibilidad de que los discípulos fueran retratos de importantes heterodoxos de su época. Tampoco la actitud de los Doce en esa composición refleja lo que narran los Evangelios: Juan, el joven discípulo que está sentado junto al maestro, no apoya su cabeza en su pecho, como dice el Nuevo Testamento; más bien, al contrario, parece alejarse de él.
El autor se basa en datos como que la región italiana de la Lombardía acogió entre los siglos XIII y XV a los últimos supervivientes cátaros después de la caída de sus correligionarios en Montsegur en 1244.
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